El Atlético de Madrid se ha convertido en un club contradictorio. Una entidad grande por su historia, pero pequeña por las decisiones que toman tanto la directiva, el entrenador, la plantilla e incluso los propios aficionados. Todos ellos tienen una ‘tara’ común: la falta absoluta de exigencia, que tanto daño y tanta pérdida de prestigio está causando.
Por un lado, la directiva no muestra exigencia ninguna porque lo que ocurre en el césped es lo que menos le interesa. Mientras las cuentas salgan y las comisiones sigan llegando, todo irá viento en popa para ellos. El único que se pronuncia –si es que a eso se le puede llamar hablar- es el ‘recadero’… digo el presidente, Enrique Cerezo, que aparte de formular auténticas estupideces, dicen que tiene totalmente deformado el diccionario de su casa de tantas patadas que le ha propinado.
Sin rumbo en la parte noble –a García Pitarch ni le nombro, es un monigote, un ‘vendido’-, no queramos buscar a gente comprometida sobre el césped. Con un entrenador de equipos segundones y jugadores que, años después de su llegada, aún no se creen que pertenezcan al Atlético de Madrid -porque en otra época no se les hubiera fichado ni en sueños-, es inútil esperar milagros.
Y luego está la afición. La mejor de España, sí. Y también la menos exigente. Aquí ya vale todo. Da igual que el equipo realice partidos nefastos o bochornosos, dignos de los almohadillazos de antaño, que si se salvan a última hora, como ante Liverpool y Villarreal, lo anterior se olvida. Ese es el principal problema, que los seguidores no han parado de olvidarlo todo. Han borrado de su mente que éste fue un equipo campeón, y que con la entrada del Gilismo, se arruinó todo lo conseguido. Incluso han olvidado el vergonzoso periplo en Segunda. Es una especie de ‘Alzheimer’ que está afectando al único sector que puede resultar decisivo para que se produzca un cambio en el club.
Por encima de los resultados, la imagen del equipo, la capacidad del técnico o la calidad de la plantilla, la lacra del Atlético es su falta de exigencia. Sin ella, nunca volverá a ser el que fue.
Por un lado, la directiva no muestra exigencia ninguna porque lo que ocurre en el césped es lo que menos le interesa. Mientras las cuentas salgan y las comisiones sigan llegando, todo irá viento en popa para ellos. El único que se pronuncia –si es que a eso se le puede llamar hablar- es el ‘recadero’… digo el presidente, Enrique Cerezo, que aparte de formular auténticas estupideces, dicen que tiene totalmente deformado el diccionario de su casa de tantas patadas que le ha propinado.
Sin rumbo en la parte noble –a García Pitarch ni le nombro, es un monigote, un ‘vendido’-, no queramos buscar a gente comprometida sobre el césped. Con un entrenador de equipos segundones y jugadores que, años después de su llegada, aún no se creen que pertenezcan al Atlético de Madrid -porque en otra época no se les hubiera fichado ni en sueños-, es inútil esperar milagros.
Y luego está la afición. La mejor de España, sí. Y también la menos exigente. Aquí ya vale todo. Da igual que el equipo realice partidos nefastos o bochornosos, dignos de los almohadillazos de antaño, que si se salvan a última hora, como ante Liverpool y Villarreal, lo anterior se olvida. Ese es el principal problema, que los seguidores no han parado de olvidarlo todo. Han borrado de su mente que éste fue un equipo campeón, y que con la entrada del Gilismo, se arruinó todo lo conseguido. Incluso han olvidado el vergonzoso periplo en Segunda. Es una especie de ‘Alzheimer’ que está afectando al único sector que puede resultar decisivo para que se produzca un cambio en el club.
Por encima de los resultados, la imagen del equipo, la capacidad del técnico o la calidad de la plantilla, la lacra del Atlético es su falta de exigencia. Sin ella, nunca volverá a ser el que fue.

