A pocos días para el partido decisivo de la temporada, el que enfrentará al conjunto rojiblanco con el Valencia con la Champions en juego, una pregunta se nos pasa por la cabeza a todos los que nos declaramos colchoneros: ¿qué Atlético nos encontraremos? ¿El equipo excitante de los encuentros ante Barcelona, Villarreal y Espanyol en el Calderón o en el Bernabéu ante el Madrid? ¿O el conjunto vergonzoso e indigno de los choques ante Mallorca, Osasuna, Numancia, Sporting o tantos otros enfrentamientos?
Los extremos nunca son positivos, ni para lo bueno ni para lo malo. Se dice que la elección acertada está en el término medio, pero parece que eso no va con el Atlético de Madrid. Un equipo que se traslada de un polo a otro en el mismo tiempo que un rayo tarda en impactar contra el suelo. Nada o casi nada. Y eso es desconcertante, además de preocupante. Porque un equipo de fútbol se supone que tiene una identidad, un sello, y este cuadro colchonero, primero con Aguirre y después con Abel a la cabeza, lo busca y no lo encuentra.
Ver un partido de los rojiblancos por la tele y, sobre todo, en el Vicente Calderón es como montarse en una montaña rusa, pero con el agravante de desconocer el recorrido que efectuará, la cantidad de subidas y bajadas que deberá realizar y el desnivel de cada una de ellas. Ver al Atlético es como una caída al vacío, sin saber si el paracaídas se abrirá sin problemas o fallará en el momento más inoportuno, ni si habrá un colchón que nos salve del batacazo. Presenciar un partido del equipo rojiblanco es una apuesta sin guarismo. Es imposible adivinarlo. Un tormento en unos casos, una aberración en otros, y una delicia en unos cuantos, los menos, lamentablemente.
El pasado domingo, tras el choque ante el Espanyol, mis sentimientos eran contradictorios. Por un lado, aún me duraba el cabreo por la patética imagen que había ofrecido el equipo en la primera parte, Pero por otra, se imponía la sensación de orgullo, la felicidad de ser del Atlético de Madrid tras la lección de coraje y casta que dio la plantilla en el segundo periodo y que le permitió remontar un 0-2 pese a encontrarse en inferioridad numérica. Una honra al escudo que tuvo en Forlán a su director de orquesta.
Teniendo en cuenta los antecedentes, es lógico que la afición tenga dudas. Es evidente que el Atlético se juega la temporada en un partido –aunque aún le restan otros dos encuentros de Liga-, y, en teoría, los jugadores son conscientes de la trascendencia del encuentro, de que no se puede fallar. El Calderón será una olla a presión, y el Atleti ha mostrado su mejor versión en los enfrentamientos ante sus rivales directos durante la segunda vuelta. De los de la primera prefiero no acordarme.
Pero este equipo es muy dado a ‘cagarla’ en el peor momento, y, a veces, sólo asume su responsabilidad cuando está sobre el alambre, como ante el Espanyol, y se trata de factores que generan incertidumbre. Esperemos, por el bien del Atlético, que la plantilla dé la talla y se logre una victoria clave para poder acabar el campeonato en zona de acceso a Champions. Necesitamos que esa dualidad entre el Dr. Jekyll y Mr. Hyde se rompa de una vez y nos muestre a una escuadra ambiciosa y ofensiva. La montaña rusa ya ha durado bastante y debe detener su actividad.
Los extremos nunca son positivos, ni para lo bueno ni para lo malo. Se dice que la elección acertada está en el término medio, pero parece que eso no va con el Atlético de Madrid. Un equipo que se traslada de un polo a otro en el mismo tiempo que un rayo tarda en impactar contra el suelo. Nada o casi nada. Y eso es desconcertante, además de preocupante. Porque un equipo de fútbol se supone que tiene una identidad, un sello, y este cuadro colchonero, primero con Aguirre y después con Abel a la cabeza, lo busca y no lo encuentra.
Ver un partido de los rojiblancos por la tele y, sobre todo, en el Vicente Calderón es como montarse en una montaña rusa, pero con el agravante de desconocer el recorrido que efectuará, la cantidad de subidas y bajadas que deberá realizar y el desnivel de cada una de ellas. Ver al Atlético es como una caída al vacío, sin saber si el paracaídas se abrirá sin problemas o fallará en el momento más inoportuno, ni si habrá un colchón que nos salve del batacazo. Presenciar un partido del equipo rojiblanco es una apuesta sin guarismo. Es imposible adivinarlo. Un tormento en unos casos, una aberración en otros, y una delicia en unos cuantos, los menos, lamentablemente.
El pasado domingo, tras el choque ante el Espanyol, mis sentimientos eran contradictorios. Por un lado, aún me duraba el cabreo por la patética imagen que había ofrecido el equipo en la primera parte, Pero por otra, se imponía la sensación de orgullo, la felicidad de ser del Atlético de Madrid tras la lección de coraje y casta que dio la plantilla en el segundo periodo y que le permitió remontar un 0-2 pese a encontrarse en inferioridad numérica. Una honra al escudo que tuvo en Forlán a su director de orquesta.
Teniendo en cuenta los antecedentes, es lógico que la afición tenga dudas. Es evidente que el Atlético se juega la temporada en un partido –aunque aún le restan otros dos encuentros de Liga-, y, en teoría, los jugadores son conscientes de la trascendencia del encuentro, de que no se puede fallar. El Calderón será una olla a presión, y el Atleti ha mostrado su mejor versión en los enfrentamientos ante sus rivales directos durante la segunda vuelta. De los de la primera prefiero no acordarme.
Pero este equipo es muy dado a ‘cagarla’ en el peor momento, y, a veces, sólo asume su responsabilidad cuando está sobre el alambre, como ante el Espanyol, y se trata de factores que generan incertidumbre. Esperemos, por el bien del Atlético, que la plantilla dé la talla y se logre una victoria clave para poder acabar el campeonato en zona de acceso a Champions. Necesitamos que esa dualidad entre el Dr. Jekyll y Mr. Hyde se rompa de una vez y nos muestre a una escuadra ambiciosa y ofensiva. La montaña rusa ya ha durado bastante y debe detener su actividad.
